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Ideas

Reflexiones

  • La Muerte, Sombra de nuestra existencia.
  • Panorama general de las distintas concepciones sobre la muerte en Occidente.

¿Qué podemos decir los vivos sobre la muerte? ¿Qué podemos exponer sobre ella más allá de la mera especulación?
Sin embargo, todos (antes o después) intentamos entenderla o explicárnosla. De alguna manera, por vivir, estamos obligados a pensarla y para pensarla, debemos meditar sobre muchas otras cosas. Al tratar de entender ¿por qué morimos? No estamos muy lejos de hacernos la pregunta antagónica ¿por qué nacemos? Y cerca de esta segunda pregunta, nos encontramos con ¿para qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Gracias a quién o quienes? Y de más interrogantes inherentes a la existencia que, queramos o no, subyacen en cada uno de nuestros actos, decisiones, elecciones y sentimientos.
Platón (1) llevó esta hipótesis al extremo, llamando a la filosofía "meditación de la muerte". Y no es lo único en otorgarle un lugar tan importante ya que el problema de la muerte es la piedra de toques de numerosos sistemas filosóficos, así como también establece una diferenciación básica entre culturas y religiones. Incluso, divide a los seres vivos: la muerte del hombre no es igual a la del animal, los humanos vivimos con conciencia de que vamos a morir. Para Heidegger (2) la muerte caracteriza a la existencia auténtica, en cuanto que ésta es una anticipación del morir y hace del hombre un "ser para la muerte". Wittgenstein (3) cree que "en la muerte, el mundo no cambia, sino que cesa. La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive". Kiekergaard (4) entiende que lo verdaderamente mortal no es la muerte, sino la desesperación. Para Jaspers (5) es una "situación limite", mientras que para Sartre (6) es un puro hecho, el último de la vida.
El platonismo ha influenciado en el occidente cristiano con respecto a la separación del cuerpo y del alma. La muerte es la cesación del cuerpo, no así la del alma que es inmortal.
El cristianismo y en general todas las religiones, no aceptan la muerte como un fin definitivo sino como un cambio, una liberación y un tránsito hacia otra vida más perfecta y definitiva.
Para el creyente del Antiguo Testamento, el hombre es mortal y finito. El aliento de divino hace del hombre y de los animales seres vivos, pero no otorga ninguna sustantividad anímica imperecedera. El castigo del pecado de Adán no es la muerte, sino el tener que trabajar en una tierra maldita.
En el nuevo testamento, la muerte es consecuencia del pecado de Adán, con la muerte pagamos. Consecuencia de la incredulidad es morir en los propios pecados. Jesús murió por todos los hombres. Su sacrificio es la reconciliación de Dios con el mundo y suprime de la muerte su potencia diabólica.
El protestamiento afirma que la muerte afecta al hombre entero ya que considera al hombre como totalidad. Esta concepción trivializa el sentido del pecado y ve en la muerte dos caras; una puede ser entendida por los hombres (médicos y biólogos) y otra que sólo compete a Dios. Por ello, el núcleo de la muerte está oculto en el misterio de Dios.
En el pensamiento judío, vida y muerte son parte del plan divino, dos procesos paralelos; de la misma manera que el hombre nace con lágrimas, así muere. La muerte es para esta concepción una parte integral del orden natural, permitiendo entonces el nacimiento de nuevas vidas y continuando la creación. La naturalidad de la muerte fue concebida el primer día de la creación. Aflicción, caducidad y muerte son rasgos constitutivos del presente; eternidad y definitividad, del futuro.
La teoría católica contemporánea considera la muerte como consumación personal del individuo. El término del plazo en el que el hombre, como ser libre, histórico y mundano, puede realizarse a sí mismo.
Si bien en todas las concepciones podemos encontrar diferencias y similitudes, existe un punto en el que todas se encuentran; la muerte es ineludible. Y es aquí en donde podemos agregar "tan ineludible como sus exigencias".

¿Acaso seríamos seres pensantes sin no tuviéramos conciencia de nuestra finitud? ¿Tendría sentido preguntarse por la clase de vida que uno tiene si la vida en este mundo fuese eterna?

La muerte nos obliga a pensar. ¿Quién puede negarle esa virtud?

(Luz Pearson)

  1. Platón (428-347 a.C.). Filósofo griego de origen aristocrático. Discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles. Su doctrina inspiró la filosofía idealista.
  2. Heidegger, Martín (1889-1976). Filósofo alemán; principal maestro de la llamada existencial (Ser y Tiempo, 1927).
  3. Wittgenstein, Ludwig (1889-1951). Filósofo y lógico austríaco. Sus estudios filosóficos influyeron notablemente en la lógica y el análisis del lenguaje.
  4. Kiekergaard, Soren (1813-1855). Teólogo protestante y filósofo danés, muy influido por Hegel, pero a la vez, ardientemente opuesto a su "logicismo".
  5. Jaspers, Karl (1883-1969). Filósofo y psicólogo alemán. Existencialista, buscaba frente a Heidegger, una apertura a la trascendencia.
  6. Sartre, Jean-Paul (1905-1980). Escritor, filósofo y crítico francés. Principal representante del idealismo existencial, bajo su expresión atea.
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Reflexiones

  • Laméntate a tu propia manera
  • ¿Alguien tiene la vida comprada?
  • El sufrimiento, la muerte y el transplante

LAMÉNTATE A TU PROPIA MANERA

La muerte duele mucho. Es muy difícil decir adiós. Tú te podrás sentir como si hubieses sido atropellado por una fuerte ola, desgarrado de tus propios sufrimientos. Te estarás ahogando en el mar de tu propia pena.
Nadie puede decirte como lamentarte. No hay una extensión normal de tiempo durante el cual la recuperación se llevará a cabo.
Algunos simplemente dirán que así es la muerte; otros, no más, pensarán en la muerte. Algunos llorarán desconsoladamente; otros se mantendrán superficialmente impasivos y sin emociones. Algunos se culparán ellos mismos de la muerte; otros proyectarán la culpabilidad en Dios, el doctor, la enfermera, la iglesia, un amigo, o hasta algún miembro de la familia.
El proceso del duelo no es nunca el mismo para dos personas. No te compares. Sus sonrisas no volverán la profundidad de sus sufrimientos.
Recupérate a tu manera y a tu propio tiempo.

¿ALGUIEN TIENE LA VIDA COMPRADA?

Si le dijeran que usted tiene los días o los meses contados, ¿qué actitud asumiría? La primera, tal vez, la del desencanto arrollado por los pensamientos que se agolparían en su mente pensando en lo que deja hecho y lo que le queda por hacer, en sus seres queridos, sus bienes y, quizás, en que daría mucho de lo que tiene por revertir la situación.
Pasado el "estupor" del momento, quizás empiece muy pronto de que modo se prepararán su espíritu y su actitud frente al Juez Supremo que habrá de pedirle cuentas de sus obras y su comportamiento.
Como quiera que sea, el boleto lo tenemos sacado desde el mismo día en que nacemos y hay que vivir cada día como si fuese el último.
Cuando el inexorable paso del tiempo marca el no menos imperioso designio de que esta vida toca a su fin para dar paso a la siguiente, a la que muchos creemos existe superior a la de estos días, se produce en la gente una cantidad de reacciones que varían según la personalidad del causante, según sus convicciones sobre la fe, su apego por las cosas terrenales que lo hacen aferrarse con uñas y dientes a la vida y van hasta el resignarse sin luchar y se entregan mansamente a su destino final.
Según los observadores de estos temas tan especiales, hay quienes (sabiendo que les queda un tiempo más o menos breve y exacto de vida) toman decisiones que nunca antes hubieran osado. Y lo hacen porque sienten la necesidad de transformar situaciones, regularizar otras, mudar de condiciones hasta de estado civil, como que hay quienes deciden casarse para poder legar a un ser determinado su acervo patrimonial, o (en caso no revelados a su entorno sobre el final que se avecina) hacen exactamente lo contrario; llegan a divorciarse, con lo que logran darle otro destino a muchas cosas materiales. Esta quienes optan por recluirse en soledad espiritual y tenemos el extremo opuesto: los que, resueltamente, comienzan a disfrutar cada minuto, cada día, cada semana, como nunca lo había hecho hasta entonces.
A estar por las conclusiones a las que arriban los especialistas, lejos de desesperarse, hay seres que viven con una alegría infinita "el tiempo de descuento que les queda por jugar".
Seguramente que este tema lo desarrollamos sabiendo que merece un tratamiento serio y profundo, alejado de la superficialidad, como que se trata de la vida y la muerte.
Por eso mismo debemos apuntar que no todo es cuestión de aceptar los designios del almanaque o la instancia que marca el cambio de planos de la existencia. Son numerosos los casos que demuestran, con frecuencia, de qué manera puede contribuir la actitud del ser humano a revertir una determinada situación terminal y transformarla en un individuo que sane su enfermedad ayudado por la práctica de la fe, del optimismo, de la voluntad y el deseo de seguir viviendo esta vida. Para ello es necesario que, lejos de sentirse atribulado por el diagnóstico fatalista, asumen la actitud de enfrentar el panorama con todas sus fuerzas, sacándolas hasta de donde no las tiene. Es su apego por la vida lo que lo hace fuerte e invulnerable.
Podríamos citar el caso de una paciente que fue desahuciada y a la que le daban solo 30 días de vida según surgía de una intervención quirúrgica en la que, "tras abrirla, la cerraron" sin ninguna expectativa de supervivencia.
El acierto de los médicos en revelarle la realidad, ya que se trataba de una persona mayor y muy consciente de la situación, hizo que los deseo de vivir se convirtieran en la principal arma para luchar por su futuro. Cuál sería la sorpresa de los médicos al comprobar, al cabo de la primera etapa de terapia, que el tratamiento respondía positivamente y alejaba el peligro del desenlace pronosticado.
Transcurrieron dos años y, otra vez, retornó la misma afección. Otra vez, diagnóstico terminal. Otra vez volver a empezar y a luchar con todas sus fuerzas para seguir adelante. Y otra vez venció, esta vez por mucho tiempo, al anunciado desenlace. Han pasado 15 años desde aquel día del fatídico anuncio. La fe sigue intacta. Su estado general, también.

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  • Y ahora, ¿qué hacemos?

Como nadie tiene la vida comprada y es algo que (más tarde o más temprano) se encuentra con la muerte, que no es otra cosa que pasar a la otra vida, a esta altura de la reflexión planteada es bueno preguntarnos ¿qué hacemos ahora?, hoy, no mañana, para afrontar la cuenta que se nos ha de pasar.

¿Qué tal si empezamos por hacer un balance de lo que hicimos bien y de lo que hicimos mal?

¿Y de lo que dejamos de hacer pudiendo haberlo hecho para el bien, lo que no dejaría de ser una omisión culposa?

Podríamos comenzar por perdonar a quienes nos hubieran hecho algún daño, pero también deberíamos tratar de arreglar las cuentas a la inversa, pidiendo que nos perdonen los que nos haga tener un sentimiento de culpa.

¿Y si encaminamos nuestra acción para agradecer a todos los que nos ayudaron en la vida?

No deberíamos omitir en el agradecimiento a nuestros amigos, a Dios, que nos permitió todo y mucho más. Recordemos con alegría y sin falso orgullo nuestros éxitos y meditemos sobre nuestros fracasos.

Digámosle, aunque sea una vez, la última posible, a cada uno de quienes compartieron nuestras inquietudes, de nuestro reconocimiento hacia ellos. Alentémoslos en sus iniciativas, digámosle nuestra palabra de apoyo y tendremos el doble efecto de que se recordarán mejor de nosotros al tiempo que nos estaremos haciendo un bien a sí mismos, aliviando nuestras cargas (a veces excesivas) de egoísmo y materialismo.
Entonces, habrá llegado la hora de sentirnos felices, aunque sea el último día, la última hora, el último minuto.
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UNA REFLEXIÓN DESDE LA FILOSOFÍA, LA TEOLOGÍA Y LA ÉTICA SOBRE EL SUFRIMIENTO, LA MUERTE Y EL TRASPLANTE

Antes, frente a la muerte, podía haber dos interpretaciones: una trascendente (vida después de la muerte), otra inmanente (la muerte es el fin de toda ilusión).

Hoy, la posibilidad de implantar los órganos de un <<muerto>> obliga a precisar cuándo es el momento de la muerte. ¿Cuándo está realmente muerto este potencial donante?
Así nos podemos preguntar si la muerte es un concepto unívoco o equívoco. Se necesita trabajar la clarificación del concepto para tener criterio claro de veracidad. Una persona está muerta o no, no puede estar <<medio muerta>>.
Claro que estamos en una elaboración filosófico-teológica y ética, ya que la muerte como determinación corresponde a la medicina.
Parece que no está todo tan claro, desde el momento que el sustantivo muerte le agregamos distintos adjetivos.
Cuando hablamos de muerte con un adjetivo, queremos decir <<todo muerto>> o tenemos que interpretar que no está <<todo muerto>>. Esto está en conexión con el principio lógico de contradicción.
Teológicamente hablando, alma y cuerpo son los dos componentes de la unidad funcional que llamamos persona y se expresa con su personalidad en los dos niveles:

a) superficial (visible exterior)
b) profundo, que constituye la esencia, el ser con sus cualidades intrínsecas.

El alma del hombre es simple e indivisible. Por lo tanto, la materia o cuerpo es divisible, pero el alma no se divide en trozos como el cuerpo, sino que es una, simple e indivisible. Esto nos lleva a definir si está muerto o vivo, no en un aspecto parcial de su integridad sino en su totalidad.
¿Qué queremos decir, por ejemplo, con el término muerte cerebral? Constituye razón suficiente de muerte. El muerto ya no es persona, sino que revista en la categoría de cadáver, de cosa, dentro de la connotación jurídica vigente. Esto último no genera dificultad de orden ético, filosófico, teológico ni moral.
Además, el trasplante de órganos es aceptado en general cuando no problematiza, ni al recipiente ni al donante. Pero donde se produce el problema para considerar y seguir investigando es en el caso del trasplante cardíaco, ya que el mismo hay que extraerlo palpitante. Ese ente está vivo, aunque esté inconsciente profundo. El tema es que partimos a lo mejor de la suposición del estado de muerte del individuo, por el estado de inconsciencia.
Aquí el problema es moral, ya que jurídicamente está permitido. Pero hay que recalcar que no es la técnica la que pone límite a la moral o a la ética, sino que es ésta la que le pone límite a la ciencia, por más depurada que sea ésta. Sin embargo, puede haber buena intención en este procedimiento quirúrgico, pero al no estar claro el diagnóstico de muerte, a lo mejor estamos justificando lo que jurídicamente se denomina homicidio, considerando que la muerte se produce a partir de que el cerebro ha dejado de funcionar (lo que se denomina muerte cerebral).
Y si no está muerto, se podría acelerar la muerte de una persona, para trasplantar a otro el corazón que necesitamos para salvar una vida. Pero también el donante, los familiares y el equipo médico tiene autoridad de por sí para determinar este tipo de muerte total (cerebral y cardiorespiratoria). Aunque en el último tiempo se hable de muerte encefálica para involucrar al tronco cerebral, ya que allí se asientan centros reguladores de orden vital, y así ayuda a enfrentar los problemas éticos emergentes de esta situación.
Se dice que la vida humana es el conjunto de vida vegetativa, sensitiva e intelectual, sencillamente ser humano, una vida, una unidad funcional.
Si no se usa ningún medio mecánico o electrónico de otro tipo, y el corazón sigue latiendo, ¿por qué lo hace? ¿está el alma aún unida a el cuerpo? De ser así, si como dijimos el alma es simple, una e indivisible, este principio vital anima, da vida, hay vida.
Cuando se toma en cuenta todo lo que se ha escrito desde 1967, cuando se hizo el primer trasplante, los estados de inconsciencia como indicios de inactividad cerebral suelen presentar dudas muy serias. Es conocida la reportación de casos diagnosticados con muerte cerebral y sin embargo continuaron viviendo. A este fin, el Dr. Héctor Mosso relata, en su libro, casos diagnosticados con muerte cerebral que despertaron de su estado aparente de muerte.
Una verdadera muerte es un proceso. Sabemos que luego del instinto de muerte sobreviene la necrosis, proceso degenerativo de los tejidos. Las enzimas liberadas por la destrucción de lisomas que atacan a la célula y se produce la autodigestión, los restos se dispersan en el medio ambiente o son fagocitados por macrófagos. Así, la muerte como proceso no ofrece dificultad ética.
Desde un punto de vista teológico, el alma está unida sustancialmente al cuerpo, solamente puede actuar en él y es causa eficiente motora. El alma informa todo el cuerpo y no solo una parte (por ejemplo, cerebro). Y si el corazón late sin auxilio mecánico, entonces ¿por qué late? debería estar muerto, no una parte.
No estamos en contra de los trasplantes sino que nuestra tarea es seguir investigando para clarificar la triada dolor, sufrimiento y muerte.
Una universidad católica está obligada a preguntarse sobre el valor del tema, ya que en la acción de servicio e investigación tiene un concepto elaborado desde el comienzo de la Revelación trascendente, la cual encierra la visión de Humanidad.

Pbro. Dr. Jorge Herrera Gallo
Profesor Titular Ordinario y Capellán
Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador
E-Mail: minoridadenriesgo@ciudad.com.ar 

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