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Anécdotas

Desarmar la casa luego de que los padres murieron

Final e inicio. La autora –hija única– revive y da nuevos significados a su historia a medida que enfrenta los recuerdos del hogar familiar. La soledad, la aceptación –y a la vez la impotencia– ante la ausencia. Cómo se continúa la vida al quedarse sin el resguardo paterno.

Mis padres tuvieron la deferencia, o la desfachatez, de morirse en el mismo año, con cinco semanas de diferencia. Me tocó a mí desarmar el departamento, abrir esos cajones que nadie parecía haber abierto desde hacía treinta años . Pensé que nunca podría hacerlo, hay que tener mucha cintura para encontrarse con las pertenencias de los seres queridos cuando ya no están. Un papelito con números de teléfono, una agenda con listas de compras del supermercado, un juego de naipes o una boleta vieja del gas pueden convertirse en armas de destrucción masiva cuando no se está preparado para encontrarlas...

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Desarmar la casa luego de que los padres murieron.


No te mueras sin decirme a dónde vas...

Muchas son las historias que se han conocido a través de los tiempos en los que los protagonistas suelen ser los vivos y también los muertos y este episodio que tuvo lugar en Sry Lanka (ex Ceylán), al este de la India, se encuadra entre lo trágico y lo risueño.

Ocurre que dos soldados formaban parte de un cuerpo militar en el que se produjeron varias bajas por un accidente, a raíz del cual unos cuantos muertos no pudieron ser convenientemente identificados y así los entregaron a sus familiares.

Quiso el destino que estos dos ciudadanos hubieran conseguido un permiso especial y a la hora del accidente estuvieran fuera del cuartel. Dispuestos a aprovechar el franco otorgado rumbearon para su casa y al llegar a su pueblo se dieron con que todo estaba cerrado y la gente estaba asistiendo masivamente "al velatorio de dos soldados muertos en un accidente". ¿Cuál sería la sorpresa de sus familiares, amigos y vecinos al verlos llegar?, ya que "los difuntos que estaban velando eran, precisamente, ellos dos".

Costó salir del estupor y la sorpresa, pero la alegría desalojó a la congoja y los "resucitados" aseguran que, de ahora en más, siempre avisarán hacia dónde se dirigen y se asegurarán de que los estén esperando... vivos.



Flor de susto por "un muerto que hablaba"

Creyó ver un "resucitado" dentro de un ataúd, cayó a tierra y sufrió graves lesiones.

Ocurrió la segunda semana de junio de este año 2000 en la provincia de Santiago del Estero, en polvorientos caminos por donde circulan colectivos interurbanos que se llenan de pasajeros y, de paso, llevan todo tipo de encomiendas y hasta aves de corral, cuando es necesario, sobre su techo. Alguna vez le añaden algún carrito para completar cargas.

Esta vez la cosa fue con un ataúd que transportaba en el departamento Figueroa, distante unos 220 kilómetros de la capital provincial. A pedido de una empresa funeraria del lugar; la empresa accedió a llevar un féretro y, como no cabía en la bodega, lo cargaron sobre el techo dentro de un portaequipajes en el que habitualmente se colocan valijas y hasta instrumentos musicales.

Cuando el colectivo llegó al paraje conocido como Tala Pujio, un agricultor esperaba poder subir al micro, pero estaba repleto y no cabía una sola persona más. Así fue como, ante la necesidad imperiosa de viajar, pidió que le aceptaran hacerlo en el techo. Como hacía frío y al ver el ataúd, no dudó un instante en ponerse "el sobretodo de madera" y se introdujo horizontalmente en el mismo.

Unos kilómetros más adelante, otro paisano llamado Mario Paz, de 25 años de edad, también esperaba el ómnibus y tuvo igual destino: el techo. A poco de andar, observó con gran sorpresa que la tapa del ataúd comenzaba a levantarse y en su interior un cuerpo se movía lentamente al tiempo que el inesperado compañero de viaje le preguntaba: "¿hace frío, don?"

Ante tamaña sorpresa, Paz ya no tuvo paz y se precipitó a tierra, o, más bien, blanco por el susto, trato de huir del lugar y cayó pesadamente al camino.

Consecuencia; se fracturó un brazo, una pierna y sufrió otras lesiones de consideración que determinaron un tiempo de curación que los médicos estimaron en 60 días.

De hoy en más, Paz creerá, tal vez, en la cábala del 48 ("el muerto que habla") o, en todo caso, empezará un curso de saltos y caídas para evitar consecuencias desagradables en situaciones imprevisibles como la que le toco vivir.


¡Que siga el espectáculo!

Qué siga el espectáculo, caprichoso y excesivo. Se aplicó lo mismo a Manfred Langer como el trabajo de su vida: la discoteca IT en Amsterdam.

Durante casi seis años en que Langer estuvo a cargo, la discoteca se transformó en un conocido centro internacional de diversión con los homosexuales y figuras del mundo del espectáculo. Manfred Langer falleció el 21 de noviembre de 1994 a los cuarenta y dos años. Su funeral fue registrado con todo detalle y fue un suceso periodístico cuatro días después. Dicho funeral no tenía nada de triste sino una gran fiesta con el estilo de IT. Con un ataúd rosado en una limosina rosada, globos y cobertores también rosados, comidas y bebidas.

Observado por cientos de hombres curiosos se conmemoró a Langer en la capital con discursos y música popular en vivo. Seguidamente el variado cortejo se marchó al cementerio de Zorgvlied donde Langer tuvo una última sorpresa. Después que el ataúd bajó en la fosa, se pidió a los invitados proponer un último brindis por él. Las botellitas vacías se depositaron sobre el ataúd mismo. Incluso algunos vagabundos también aprovechaban agradecidamente el ofrecimiento de bebidas alcohólicas para incrementar sus propias existencias. Actualmente, en el lugar de la tumba se levanta una imagen en la que Langer está representado en su pose favorita: en una mano un cigarrillo y en la otra una copa de "champán".


Mi hijo murió: recordar su alegría es mi homenaje

Una vida tan inmensa como corta. Cuando a Sebastián se le desató una rarísima forma de una enfermedad que le detectaron de chico, el mundo empezó a girar a otra velocidad para él, para sus padres y para su hermana. Nada se pudo hacer -falleció a los 11 años– salvo acompañarlo en un recorrido de búsquedas, estar codo a codo, incluso compartir una broma en medio del dolor.

La peor pena, hija mía, no es la que se siente en el momento, es la que se sentirá después, cuando ya no haya remedio. Se dice que el tiempo todo lo cura. No vivimos bastante para hacer esa prueba”, me lee Marta, mi esposa, ya acostados en la cama antes de dormirnos, citando con admiración a José Saramago en su libro La Caverna. No sabía que tiempo después esa frase se transformaría en el estigma de nuestros días

Enero de 2008 fue el segundo peor mes de mi vida.

Las vacaciones en Aguas Verdes con la familia de mi hermana Beatriz incluían pasar fin de año junto al mar, viendo el espectáculo de los fuegos artificiales a lo largo de toda la costa atlántica, hasta donde alcance la vista. Nos gustaba irnos juntos de vacaciones. Mis hijos, Sebastián y Sofía, se llevaban bien con sus primos. Fue durante la celebración del Año Nuevo que comenzamos a percibir los primeros síntomas extraños en Sebi. Durante la cena, empezó a mostrar una mueca al hablar, como si estuviera fanfarroneando. Mi primera reacción fue de enojo, parecía un hábito que se le había pegado y me causaba de- sagrado. No era la única señal de que algo andaba mal y que yo malinterpretaba: también parecía costarle levantar las botellas de gaseosa, por eso se la pasaba pidiendo que le sirviéramos. “Sebi, estás grande, vas a cumplir 11”. Salíamos a la calle y me agarraba la mano para cruzar, en una localidad donde pasaba un auto cada hora. “¿Sebi, por qué no mirás si vienen autos en lugar de agarrarme la mano cada vez que cruzamos?” Todas esas pequeñas dificultades motrices no eran habituales en él, verlo así nos angustiaba bastante, pero intentábamos desdramatizar las cosas y esperar que mágicamente desaparecieran una mañana.

Ese verano estábamos en un excelente momento de la relación padre-hijo. Habíamos encontrado una amplia zona de afinidades.

Nos unían gustos y temas compartidos: cine, tecnología, ciencia. Nada de desearle un futuro de futbolista o de alumno ejemplar. Él había triunfado en su lucha por ser él mismo y no quien yo quería que sea. Faltaban algunas semanas para entender que aquellos gestos no los hacía por defender su zona de comodidad o contrariarme: era una forma de pedir ayuda ante algo que le pasaba y no lograba descifrar, y que tenía su origen en un consultorio, 10 años atrás.

“Neurofibromatosis”, nos dijo la doctora. Me costó aprender esa palabra, no la había escuchado antes. Fue cerca del primer cumpleaños de Sebastián cuando su pediatra nos indicó que esas manchas café con leche que tenía repartidas en el cuerpo correspondían a una enfermedad congénita. “Es una tendencia a formar fibromas en los tejidos del sistema nervioso, pero en más de la mitad de los casos nunca se manifiesta, en muchas casos es leve o se presenta en formas extirpables”, sintetizó la pediatra. “Por ahora sólo tiene las manchas, para mí siempre va a estar en el 50% que nunca presenta síntomas ”, quise convencer a Marta, que no es fácil de tranquilizar con mentiras.


A partir de ese momento, cada desnudez de Sebi se transformaba en un relevamiento de sus manchas. Al cambiarle los pañales, durante el baño, si comía con el torso desnudo, siempre nuestra vista estaba posada en sus manchas. Las analizábamos, veíamos si crecían, si aparecían nuevas. El tiempo comenzó a transcurrir, la obsesión fue cediendo y las manchas pasaron a ser parte de nuestro paisaje cotidiano. Otras urgencias las fueron dejando de lado y la vida siguió su curso, hasta ese enero de 2008.

Al regreso de las vacaciones, una serie de estudios nos dieron un panorama que no estaba ni en mis pensamientos más pesimistas: un tumor –técnicamente un glioma– vinculado a una forma infrecuente aunque probable de neurofibromatosis estaba oprimiendo el tallo del cerebro en un lugar imposible de operar, y le estaba produciendo una afasia en la mitad izquierda de su cuerpo. De esto se trataban sus muecas, su debilidad para sostener objetos, su inseguridad que lo llevaba a apoyarse en los demás. Ese glioma podía ceder con tratamiento hasta hacer desaparecer los síntomas, o crecer, multiplicándolos.

A partir de ese diagnóstico comenzamos un largo recorrido de seis meses, vividos con intensidad, incertidumbre y dolor, pero también con muchísimos momentos felices, producto de su personalidad alegre y positiva

Sebi pasó por radioterapia, oncólogos, cirujanos, neurólogos, pediatras, interconsultas, todo lo que una familia racional debe hacer en estos casos. Y a decir verdad, los médicos no nos ayudaron mucho. Fueron capaces de disparar con total naturalidad frases del estilo “tiene entre 6 y 12 meses de vida”, o “el año que viene puede estar andando en bicicleta, pero no esperen que se case y forme una familia”.
Con su discurso de desaliento constante, nunca estuvieron a la altura de la valentía con la que él encaró su enfermedad.

Luego del impacto inicial, que pareció derrotarnos antes de dar pelea, nos pusimos de pie. La fuerza que necesitábamos para seguir adelante, paradójicamente, la encontrábamos en él. Lo veíamos y no parecía la persona de la cual aquellos médicos hablaban. Vivía con una entereza envidiable, no quería faltar nunca al colegio, no se avergonzaba de su aspecto regordete y calvo, producto de corticoides y rayos.

El 8 de abril, día de su cumpleaños 11, organizó una salida al cine de un shopping con sus amigos más cercanos. Mientras subíamos la escalera mecánica, un grupo de adolescentes que venía detrás de nosotros empezó a reírse de su apariencia. No tenían por qué saber que la medicación lo transformaba en una persona que no era. “¡Él no es así, pronto va a volver a ser el de antes!”, pensaba en gritarles. Pero no. No se trataba de mí, se trataba de él. “¿Te molesta que te carguen?” le pregunté. “ No, me molestaría si me cargan mis amigos, pero a ellos no los conozco ni los voy a ver más”, me dijo con una sensatez que aún hoy me excede. Cuando fuimos a ver al Padre Ignacio, en Rosario, tras una larguísima espera logramos un contacto personal. “¿Qué te anda pasando, hijo?”, le preguntó el Padre buscando que él le explique su padecimiento y sufrimiento. “¡Qué hace cinco horas que estoy esperando y estoy muerto de hambre y sueño!”, le respondió Sebi.

Pero el Padre Ignacio fue solo uno de los muchos intentos de buscar una esperanza por fuera de la medicina tradicional. Todo lo que nos acercaban, y que no contradijera las indicaciones médicas, era considerado.

Probamos con medicación experimental cubana, homeopatía, sanadores, y también nos acercamos a un centro de gemoterapia: algo así como curar con la energía de las piedras. El primer día que asistimos nos atendió el mismísimo Daniel, especie de gurú del lugar, que reviso a Sebi, miró sus estudios y emitió un diagnóstico y un tratamiento. “Les digo que no se trata de un tumor, se trata de una acumulación de líquido que es esa mancha que vemos en la tomografía”. No hace falta que diga cuánto uno anhela escuchar otras voces cuando tiene un pronóstico fatalista, pero esto parecía demasiado. En fin, todos necesitábamos un recreo. De inmediato nos indicó el tratamiento: “ La piedra indicada para tu caso es la azurita, combinada con la pirita, así que va a venir Jorge y va a comenzar con el tratamiento”. Cuando nos fuimos, ya sentados en el coche, nos miramos: “¿Y Sebi, qué te pareció?” “Bien, me gustó la piedra que me toca, ¿cómo se llamaba?, ah, sí, ¡la kriptonita!”, y nos largamos a reír. Disfrutábamos de nuestra incredulidad. Especialmente él, que accedía dócil a todas las propuestas y encontraba en cada una de ellas la forma de pasarla bien. Como si supiera que no quedaban muchas y había que aprovecharlas.

Casi sin darnos cuenta, habíamos encontrado cierta rutina en nuestra anormalidad. Diseñamos una vida con médicos, tratamientos, curanderos, charlatanes, colegio, pizzas caseras, amigos, salidas, historias y mucho amor. Nos esforzamos muchísimo por conservar ese frágil equilibrio, pero no pudo ser. El 5 de junio fue un punto de inflexión. Ese día Sebi lo pasó en la quinta de su colegio, una salida que no se quería perder por nada del mundo, a la que fue con un incipiente resfrío y de la que volvió muy desmejorado.

Unos pocos días después fuimos de urgencia al consultorio de su pediatra: era la primera vez que yo veía a la doctora apesadumbrada, con una cara y un gesto que no predecían nada bueno. Le comentamos que queríamos tratarlo con Escozul, un derivado del veneno de escorpión que se estaba investigando oficialmente en La Habana. En contra de lo que suponíamos nos dio el visto bueno: “Si es inocuo y no afecta o compromete las opciones médicas, yo lo utilizaría”. En ese momento lo interpreté como un aval, hoy como un desahucio.

A partir de allí vinieron semanas tortuosas. Nuestras vidas se repartían entre el sanatorio y las internaciones, la casa, su hermana Sofía, inigualable compañera de circunstancias, y el trabajo, al que se podía descuidar pero no abandonar.

Nunca hablábamos entre nosotros sobre las consecuencias de lo que le estaba pasando. Siempre le decíamos que se iba a poner bien, que todo lo que se hacía era para su recuperación. Jamás preguntó expresamente por la muerte como una posibilidad, supongo que no hubiese tenido el valor de decirle algo así. Yo mismo no asumí su condición terminal hasta los últimos días. Siento que solo en esa instancia, mentí. “El cuerpo es una máquina muy bien hecha, siempre tiene plan B. Es muy difícil morirse”, solía decirle a Sebi cuando me consultaba con preocupación, bastante tiempo atrás.

El martes 15 de ese horrible mes de julio de 2008, el país discutía la resolución 125 de retenciones agropecuarias. Hablaban de plata, de cosechas, de justicias, nadie hablaba de mi Sebi. Cuando se decidió dormirlo, juro, estaba seguro que no sería para siempre.

A Sebi le costaba comer, y nos decían que pronto le iba a resultar dificultosa la respiración: un sufrimiento que era preferible evitarle. Pero no pudieron dormirlo fácilmente. Les llevó prácticamente todo el día. Empezaron desde la mañana a suministrarle medicación. “En unas horas va a estar dormido”, nos garantizaron.

Pero no se dormía.

Le aumentaban de a poco la dosis, y seguía despierto. No podía hablar, pero podía asentir, y sabíamos qué preguntarle: “¿Querés chocolate?” A cada rato le dábamos para que disuelva en su boca pedacitos de barritas Kinder.

Pasaron varias horas, estaba adormecido pero, para nosotros, claramente consciente.

Increpamos a la pediatra de guardia, si no le parecía una tortura estar tantas horas para dormirlo. “Con la cantidad de medicación que le pasamos, ya está dormido, puede tener algún movimiento reflejo, pero dormido, seguro está”.

Fuimos con la médica a la cabecera de la cama. Sebi estaba con los ojos cerrados, y una expresión relajada. “¿Ven que está dormido?”, dijo la doctora. “¿Sebi, querés un pedacito de chocolate?”, le pregunté. Sebi, con los ojos cerrados, asintió con la cabeza, y nos regaló su última y más hermosa sonrisa.

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